Edgar Allan Poe

«Mis enemigos atribuyeron la locura a la bebida, en vez de atribuir
la bebida a la locura…» (Allan Poe)

«A los cuatro o cinco años, Edgar era un hermoso niño de rizos oscuros, de grandes y
brillantes ojos. Muy pronto aprendió los poemas al gusto del día (Walter Scott, por
ejemplo), y las damas que visitaban a Frances Allan a la hora del té no se cansaban de oírle
recitar, grave y apasionadamente, las extensas composiciones que se sabía de memoria.»

(Julio Cortázar)

Las virtudes de Allan Poe

Si tuviera que destacar alguna cualidad de Allan Poe, no sabría con cuál de sus virtudes quedarme.

Desde mi perspectiva de escritor, este autor representa todo lo que uno puede desear. Es, sencillamente, el espejo en el que mirarse.

No obstante, debo reconocer que me identifico con su obsesión por la búsqueda de la perfección y que admiro profundamente su capacidad para manejar el mundo psicológico del lector.

La vida de este genio de la literatura no fue tan fluida y sonora como su prosa.

Tras una niñez y adolescencia rodeado de lujos, su juventud lo puso ante la cruda realidad de una vida marcada por el enfrentamiento con su padre, y repleta de excesos con el juego y la bebida que lo sumieron en la más absoluta miseria de la que nunca se recuperaría.

¿Locura del genio o la genialidad del loco?

En Allan Poe, de nuevo nos encontramos ante el común caso de una mente privilegiada cuyo acceso a la fama y al reconocimiento social le llegó demasiado tarde para salvarlo del desastre.

Ahora, casi doscientos años después de su muerte, todos son reconocimientos y honores para un personaje que pasó por la vida dando tumbos, pero que nos dejó un legado maravilloso.

Resulta complicado decir algo original de este autor después de que una legión de plumas se hayan aventurado a llegar a lo más recóndito de su oscura mente.

Tiempo perdido porque ésta es una misión imposible; por ese motivo, me apoyaré en el relato de Julio Cortazar al prologar sus cuentos, de ahí las citas que pueblan este artículo.

No obstante, os recomiendo que lo leáis porque Cortazar fue uno de los que mejor llegó a conocerlo.

Allan Poe vive obsesionado con la muerte

Edgar Allan Poe y Julio

Ciento veinte años después de su muerte, Alianza Editorial publicó una recopilación de los relatos de Allan Poe, con la particularidad de que el traductor de la obra fue Julio Cortázar.

Se me ocurren muchas similitudes entre estos dos monstruos de la literatura. Se me ocurre, incluso, una historia con ellos dos de protagonistas. Quizá algún día la escriba.

Merece la pena ir desgranando poco a poco los cuentos que se recogen en esta recopilación, para saborear sin prisa la exquisita forma de narrar, atrapado por la obsesión de hacerse el dueño y señor de la mente de sus lectores.

Porque Poe es un especialista en el manejo de la mente. Juega con la psique del lector llevándolo hacia donde él quiere. No le da tregua.

«Manuscrito hallado en una botella», «El pozo y el péndulo» o «El gato negro» son un buen ejemplo de ello.

«Los crímenes de la calle Morgue pone en escena al chevalier C. Auguste Dupin, ese alter ego de Poe, expresión de su egotismo cada día más intenso, de su sed de infalibilidad y superioridad que tantas simpatías le enajenaba entre los mediocres. … Pero el lado macabro y mórbido corría paralelo al frío análisis, y Poe no renunciaba a los detalles espeluznantes, al clima congénito de sus primeros cuentos.»

(Julio Cortázar)

La muerte y otras obsesiones de Allan Poe

La recurrencia a la muerte y el interés por lo exotérico o incluso por la cosmología, nos ponen de manifiesto su infatigable ansia por adentrarse en el mundo de las sombras.

En el prólogo de «Los Crímenes de la calle Morgue», Allan Poe lleva a cabo todo un canto a la que se refiere como la principal virtud de un detective: la analítica.

C. Auguste Dupin es un detective que gracias al análisis deductivo consigue resolver un complejo crimen.

Luego vendrán otros, como Holmes o Poirot, que seguirán el camino de Dupin.

Pero el gran mérito de Poe es conseguir que, con apenas veinte páginas, su personaje se haya convertido en la piedra angular de la novela negra.

Julio habla de Allan Poe

«Su mammy, la nodriza negra de todo niño de casa rica en el Sur, debió de iniciarlo en los ritmos de la gente de color, lo que explicaría en parte su interés posterior, casi obsesivo, por la escansión de los versos y la magia rítmica de El cuervo, de Ulalume, de Annabel Lee.

Y además estaba el mar, representado por sus embajadores naturales, los capitanes de veleros, que acudían a las oficinas de Ellis & Allan para discutir los negocios de la firma, y que bebían con los socios mientras narraban largas aventuras.

El pequeño Edgar debió de entrever, ansioso oyente, las primeras imágenes de Arthur Gordon Pym, del remolino del Maelström, y todo ese aire marino que circula en su literatura y que él supo recoger en velámenes que todavía impulsan a sus barcos de fantasmas.»…

…«El clima de la Universidad era tan favorable como el de una taberna: Poe jugaba, perdía casi invariablemente, y bebía. Uno piensa en Pushkin, ese Poe ruso.

Pero a Pushkin el alcohol no le hacía daño, mientras que desde el principio provocó en Poe un efecto misterioso y terrible, … Le bastaba beber un vaso de ron (y lo bebía de un trago, sin paladearlo) para intoxicarse.»

(Julio Cortázar)

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