El poder político y el pelotón de fusilamiento

El sorprendente comportamiento del ser H ante la realidad de la muerte nos sumerge en el mundo de símbolos de García Márquez. Una sugerente invitación a analizar el comportamiento del individuo y del grupo frente al poder político.

El Ojo Crítico de Amador Moya

A. Moya

«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía habría de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo». Gabriel G. Márquez.

El ser H ante el pelotón de fusilamiento

Este párrafo es la confirmación de cómo en los momentos extremos el instinto de supervivencia permite a nuestra mente funcionar a ritmo más rápido y se vuelve más luminosa, más clara. Es entonces cuando somos capaces de encontrar los detalles que realmente fueron importantes en nuestra vida y que habíamos enterrado en lo más recóndito del viejo baúl del olvido.

Me agrada ver las cosas desde la perspectiva del tiempo y comprobar que pasados días, meses, incluso años, apreciamos lo trascendente como liviano, lo necesario como secundario, lo importante incluso como ridículo; sin embargo, recordamos los detalles que marcaron un punto de inflexión en nuestras vidas.

Así le ocurre al coronel Aureliano Buendía que ante el mero trámite inevitable de su muerte vuelve hacia aquel acontecimiento de su niñez vivido en compañía de su padre: el hielo en una ciudad tropical llamada Macondo. ¡Increíble!

De igual modo, Ciudadano Kane en su lecho de muerte deja escapar la palabra rosebud refiriéndose a una inscripción en su lejano trineo infantil. Toda una vida de lujos y desprecios a los demás y, cuando llega el momento más importante de su vida que da paso a la nada, su subconsciente lo lleva a ese pasaje olvidado de su niñez donde una sola imagen lo transporta a aquel momento dichoso: un niño sentado en su trineo.

No es casualidad que estos dos seres H de ficción, vinculados en vida al poder político, tengan similar comportamiento ante la muerte.

García Márquez

Mi mente recuerda a menudo este pasaje de «Cien Años de Soledad» que me da la dimensión de lo pequeños y frágiles que somos.

De cómo, ante un pelotón de fusilamiento que representa la muerte inminente, lo menos importante es el propio pelotón para adquirir todo su protagonismo la vida ya amortizada y sintetizada en un único instante.

El autor, en su permanente afán de crítica política y social, nos muestra al revolucionario coronel enfrentado a una situación de peligro de muerte  causada por el poder político que representa el pelotón de fusilamiento en un intento desesperado de  evitar su próxima revolución. 

Claro que García Márquez hizo trampa y no quiso que su protagonista principal finalizase su andadura por la historia una vez consumido el sublime momento que le asignó ante la cuadrilla de justicieros, pero eso ya pertenece al amplísimo mundo de fantasía que este irrepetible hombre llevaba en su cabeza. Yo se lo agradezco

porque el insigne coronel siguió llevando a cabo sus múltiples aventuras y mostrándonos a todos las miserias, ambiciones y virtudes de las gentes de su tierra.

No olvidemos que el coronel Aureliano Buendía era un buen hombre de una familia peculiar, dirigida con mano de hierro por una mujer excepcional y colocada en un pueblo perdido en la selva colombiana.

Hizo varias veces la revolución y siempre la ganó, pero cuando concluía su labor entregaba sistemáticamente el poder al político de turno y la situación retornaba al punto de inicio.

Sí, todo volvía a comenzar: uno de sus colaboradores se presentaba en su taller de pececillos de colores y Aureliano partía de nuevo a la batalla dejando a su madre con la angustia y el orgullo de ser la madre del coronel Aureliano Buendía.

El poder político

¿Quizá fue ese el error? Quizá no. Porque, ¿quiénes eran y son los políticos? ¿Un conductor de autobús?, ¿un abogado, un ingeniero?, ¿una cajera de supermercado? Un ciudadano que jugó sus cartas sin escrúpulos.

Un ciudadano que decidió que los intereses suyos y los de sus amigos estaban por encima de los de la gente a la que ha jurado defender y proteger. Un ciudadano que ha llegado a asumir que esos intereses primordiales deben florecer aún a costa de llevar a la más absoluta miseria a sus semejantes.

Puestos ante esta realidad, ¿que importancia tiene la persona a quien el Coronel entregaba el poder político conseguido en la guerra?, pienso que muy poca.

Ese ser H sin escrúpulos también tiene su lado bueno, su yo positivo y generador de buenas acciones, pero ha dejado que su parte malvada y egoísta creciera tanto que ya no logra localizar a la otra, ya no la encuentra.

Esto mismo podría haber pasado a cualquiera que recibiera el poder de manos del Coronel. Más aún: quizá fuera lo que el propio Coronel trataba de evitar desentendiéndose de él.

No olvidemos que en la base todos somos víctimas de las mismas pasiones, actuamos condicionados por el grupo que nos apoya  tratando de proteger nuestros intereses y los de los que nos ayudan contra otros grupos que nos discuten el poder que pretendemos conservar por encima de todo.

No en vano, las relaciones humanas son siempre una lucha de poder y por el poder.

 

El comportamiento del grupo ante el poder político

Llegados a este punto, algunos diréis: «Yo no soy así». Por supuesto, pero tú no estas en esa situación, ¿no?

No me malinterpretes. No estoy justificando este comportamiento; al contrario, lo critico. Solo quiero que entiendas que las comparaciones solo son posibles cuando las circunstancias son similares.

Los comportamientos se imitan, se adquieren. El grupo tiene el suyo propio al margen del de sus miembros y éstos, si quieren mantenerse dentro, tendrán que aceptarlo y solidarizarse con los demás.

Ese ser H convertido en líder no ha llegado ahí de forma espontánea, sino gracias al trabajo, al apoyo y hasta la sangre de un grupo; ahora se debe a él, no es libre, está atrapado por los intereses colectivos y por sus propias miserias.

En la manada reside la fuerza del «lobo guía», del «macho alfa». Todos están hambrientos y quieren comer, pero son disciplinados y esperarán a que lo haga primero el jefe.

Luego, cuando se hayan saciado, en su recuerdo aparecerá la obsesión por asegurarse de que no vuelvan a pasar hambre nunca más. Son las normas más elementales del reino animal al que también pertenecemos.

Quizá en este momento te reveles y protestes para exclamar: «¡pero yo no soy un animal, soy un ser H!»

Bueno, tienes razón. Esa pequeña circunstancia  introduce una variable en la ecuación: nuestra conciencia.

En ella llevamos un listón que mide la altura de nuestro nivel ético, pero ese listón sube y baja en función del nivel que tiene el del grupo y el de los otros individuos que nos rodean.

Es el principio físico de «los vasos comunicantes» aplicado al comportamiento del grupo social.

Si tu listón se ha encajado muy alto, quizá tengas que buscarte otro grupo o resignarte a no pertenecer a ninguno.

Política y ficción

Por fin hemos llegado a dibujar la cruda realidad social: el poder como medio de vida, de atesoramiento de riquezas y de consolidación del estatus personal del líder junto con el del resto de miembros del grupo que lo sostiene.

El poder político, una vez alcanzado, deja de ser el fin y se convierte solo es un medio para alcanzar el fin supremo: la riqueza y el reconocimiento social.

Llegados a este punto toca defenderlo, conservarlo a toda costa. Es la política social de diseño en la que impera el principio del «todo vale» para conseguir mandar sobre los demás.

Enfrente, está el poder como un lugar al que el gobernante llega para gestionar y servir al ciudadano que le ha confiado el desempeño de esa función por él mismo, que le ha dado su representación y se reserva el control a través de otros órganos e instituciones.

Este otro poder no es un derecho, sino una obligación del gobernante para con el resto de ciudadanos, para con sus vecinos. Es un acto de generosidad; un dar, no un recibir.

Es la teoría sacada de los libros de texto y que solo habita en el corazón del político «bueno» al que Aristóteles se refería: «Un estado es gobernado mejor por un hombre bueno que por unas buenas leyes.».

En este idílico paisaje, el servidor del poder político estará dispuesto a dejarlo en cualquier momento pues no le reporta ningún beneficio adicional; al contrario, sentirá el peso y la carga que lleva aparejada la función de servicio. 

Además, se cuidará de hacerlo bien pues se juega su propio prestigio personal y su inmortalidad.

Una pena que este gobernante no exista, lo hemos matado (sería una rara avis).

Esta suele ser ya solo la fachada tras la que se esconde la vieja fiera del egoísmo humano, la cortina de humo, la máscara que oculta la verdadera cara de ese político al que antes me refería para enseñarnos luego sus garras de lobo y, tras él, a toda su manada.

Amador Moya

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