El Río de la Vida

El río de la vida es una reflexión sobre la falta de perspectiva en nuestro caminar porque, como decía Ortega, «vivir es algo que se hace hacia adelante, es una actividad que va de este segundo al inmediato futuro.»

El Ojo Crítico de Amador Moya

A. Moya

«Dicho aun más simplemente: particularismo es aquel estado de espíritu en que creemos no tener por qué contar con los demás. Unas veces por excesiva estimación de nosotros mismos, otras por excesivo menosprecio del prójimo, perdemos la noción de nuestros propios límites y comenzamos a sentimos como todos independientes.» Ortega y Gasset.

A veces me veo a mí mismo en medio de una multitud que camina en dirección contraria a la mía y me arrastra en contra de mi voluntad mientras yo pugno por alcanzar la orilla en medio de la corriente.

Otras, simplemente estoy fuera y observo cómo el inmenso caudal fluye a mis pies, ciego y sordo, hacia la inevitable cascada a la que se precipitará sin remisión.

Luego reflexiono y me doy cuenta de que ese río lleva ahí cientos, miles de años, y que el problema es, en realidad, que su caudal crece y crece sin parar con el consiguiente riesgo de desbordamiento.

Vuelvo la vista a contracorriente y lo veo perderse a lo lejos en uno de sus recodos.

Puedo adivinar las múltiples cascadas por las que ha pasado en su discurrir.

Cierro los ojos y trato de remontar la historia. Ni siquiera me puedo imaginar su nacimiento, pero sé que allí el caudal debió ser mucho menor.

He oído que hay otros muchos como aquel. ¿Todos discurrirán en la misma dirección? No hay modo de comprobarlo, pero estoy convencido de que no.

De pronto reparo en que hace mucho ruido y me fijo con mayor detenimiento para apreciar que la gente habla, murmura, grita, canta; pero no conversa.

Recuerdo que en algún sitio leí que los griegos tenían como norma participar en la vida y los asuntos públicos de la ciudad y que al que no lo hacía lo denominaban idiote.

Ciegos y sordos

Resultaba evidente que allí nadie quería parecer idiota, pero ¿por qué no se entienden? ¿Hablarán lenguas diferentes?

Como un relámpago vino a mi mente la teoría de Ortega sobre “los particularismos”. Eso debe ser, me dije, nadie quiere quedar como un idiota, pero todos piensan que pueden vivir sin la ayuda de los demás.

¡Que estúpidos!, seguí murmurando, ni siquiera son conscientes de que no podrían avanzar sin que los de su alrededor se lo permitan con su propio movimiento.

Nadie, no son nadie sin los otros que caminan a su lado. Simples hojas secas arrastradas por la corriente, pero fuera de ella perecerían como un pez al que le falta el oxígeno necesario.

De pronto, alguien gritó más alto que los demás y los de su entorno levantaron la mano. ¿Les estará ofreciendo algo? Una pequeña explosión me sacó de mis dudas y una densa cortina de humo sobrevoló sus cabezas. Las manos levantadas fueron cogiendo su parte de aquel preciado botín y bajaron muy satisfechas.

La inmortalidad

«Te digo que las sociedades humanas funcionan siempre como máquinas de inmortalidad… El grupo social se presenta como lo que no puede morir.» Fernando Savater (Política para Amador).

Aún sorprendido por lo que acababa de presenciar, me topé con un nuevo río, mucho más pequeño, que se incorporaba al principal y hacía aumentar su caudal. Un afluente, me dije, y me paré a observarlo.

En ese momento me di cuenta de lo que estaba pasando: el nuevo río, el afluente, penetraba en el principal alojándose en el centro de la corriente empujando a los que allí estaban hacia los márgenes y algunos se perdían o desaparecían sin que nadie se molestara por ello.

Observo que algunos individuos van acercándose poco a poco a la orilla, ¿querrán salir de la corriente? Miro a mi alrededor y fuera estoy solo, nadie parecía conseguirlo.

Pero ¿por qué iban a querer separarse del grupo? ¿Acaso tendrían alguna posibilidad de subsistir fuera de él? ¿Subsistir? Ese era el problema porque cuando alcanzaban la orilla, fatigados y exhaustos, desaparecían.

Las palabras de Savater sobre la inmortalidad del grupo acudieron a mí para hacerme entender lo que estaba pasando: la desaparición de algunos de los viajeros no importaba por que otros nuevos venían a ocupar su lugar.

Levanté la vista para ver al fondo la cascada. El precipicio al que se encaminaba aquella corriente vocinglera estaba cada vez más cercano, pero nadie parecía percibir el peligro, nadie cambiaba un ápice su comportamiento singular, nadie percibía que la corriente era cada vez más rápida en su carrera hacia el abismo.

Grité: ¡cuidado!, pero nadie me escuchó. Ni siquiera se percataron de mi presencia en la orilla ocupados con su movimiento ajetreado.

Savater vino de nuevo a susurrarme: “no importa. Muchos de ellos morirán en la cascada al golpearse contra el suelo, pero el río sigue”. ¡Claro!, exclamé en voz alta, ¡el río es inmortal! Y ya me quedé más tranquilo.

Lo inevitable

Pero… ¿por qué estaba yo allí fuera? ¿Quién era yo que no me mezclaba en la corriente? ¿Cómo era posible que estuviera viendo todo aquello y los demás no lo percibieran? ¿O sí lo veían y no les importaba en absoluto? ¿Quizá yo fuera diferente a todos aquellos seres H? ¿Diferente en qué?

Me di cuenta de que todos eran diferentes. Todos hacían gestos distintos e incluso discutían y se peleaban entre sí, pero avanzaban arrastrados por la corriente principal y participaban del mismo humo.

Si por alguna razón se paraban, eran empujados por sus vecinos y reanudaban la marcha al ritmo que marcaban los demás, y si no podían, desaparecían en el fondo arrollados por la turba.

Fue en ese momento en el que reparé que la gente que desaparecía en la orilla gritaba antes su nombre.

Sin apenas tiempo para asimilar este nuevo descubrimiento, escuché a alguien gritar el mío bajo mis pies y el río desapareció.

Amador Moya

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2 respuestas

  1. Así es amigo mío. Todo fluye hacia delante. El secreto ser nosotros mismos y elegir el sendero del río de forma individual y con nuestra libertad y responsabilidad.
    Buen escrito. Un saludo Ángela.

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