Interés público

El interés público debe ser el fin principal y prioritario que ha de guiar toda acción de gobierno en cualquier estado que se considere honrado y serio.

El Ojo Crítico de Amador Moya

A. Moya

«Ante los problemas fundamentales, la unión, la unidad de la nación, son indispensables».

La unión hace la fuerza

Esta frase, dicha por un gobernante español en una entrevista, es una obviedad que se hace más evidente y necesaria cada día que pasa.

España lleva muchos años desangrándosela por las grietas de la desunión y el enfrentamiento. No sé cuánto va a durar esto; lo que no cabe ninguna duda es que la fuerza y la sangreque perdemos de forma permanente son limitadas.

La frase en cuestión no deja de ser una adaptación del viejo lema, «La unión hace la fuerza» que, en sus distintas variantes, ha sido acuñado en monedas y estandartes de uno u otro país, y que parece derivarse del latín «concordia res parvae crescunt» (las cosas pequeñas florecen en la concordia).

Se trata de una verdad universal, un principio por todos conocido, pero no está de moda; en España, no lo ha estado desde hace mucho tiempo y, a pesar de ser una necesidad, no se practica porque ha sido sustituido por el enfrentamiento guerracivilista que nos ha llevado a numerosos desastres en el pasado y que nos conducirá a otros nuevos en el futuro.

El interés público es el último de la fila.

La unidad no interesa. Nuestros políticos no se ponen de acuerdo ni se pondrán nunca. Ellos están a lo suyo. Su principal objetivo es alcanzar el poder y, cuando lo logran, mantenerse en él a toda costa.

Para conseguirlo necesitan una determinada mayoría y buscan socios, prometen, compran, venden o regalan lo que no es suyo con total ignorancia y desprecio del interés público que, en su orden de prioridades, pasa a estar el último de la fila.

El mismo político al que me refería en el inicio soltó, en la misma entrevista, la siguiente frase: «En los regímenes liberales, el interés de los parlamentarios y de los partidos supera al interés público…».

Lo primero es el interés del líder, luego viene el del grupo que lo sostiene, después el de los votantes que los mantienen a todos donde están y el de los socios que les ayudan en sus objetivos… ¿Y el interés público?, ¿dónde ha quedado, dónde nos lo hemos dejado?

La confrontación impide el interés público

La estrategia es la confrontación que marca las diferencias y reafirma la identidad del grupo. «Nosotros no somos como ustedes», acaba de decir, con mucho énfasis, un conocido líder español.

La frase en sí parece inofensiva porque, a simple vista, es una obviedad: no existen dos personas iguales y, por ello, tampoco dos grupos iguales; no obstante, si la analizamos en profundidad, veremos que el mensaje subliminal que se lanza es el de: «nosotros somos mucho mejores que ustedes».

Por este motivo, esta frase es muy utilizada en el panorama político con dos objetivos: por un lado se transmite un mensaje de superioridad a los seguidores para que estén orgullosos de pertenecer a un grupo superior y, por otro, uno de inferioridad a tu adversario (ahora enemigo) para que se sienta mal donde se encuentra y decida cambiar de grupo para sentirse mejor.

El problema es que, dependiendo de quién la diga, cómo y cuando lo haga, puede resultar ofensiva y provocar el efecto contrario al buscado: «¿Quién te crees tú para sentirte superior? ¿Cuales son tus méritos?», pueden preguntarse los ofendidos.

La confrontación: solución para fidelizar al grupo

«Calcula bien tus humillaciones, tú las olvidarás pronto, el humillado, nunca»: leía estos día en algún lugar de la presa.

De nuevo, una frase muy acertada a la que tampoco solemos hacer caso. Quizá por esta razón, en el mundo de la política ya no existen rivales, sino enemigos.

Este problema se traslada al grupo provocando que en la sociedad también los ciudadanos se vean cada día más como enemigos en función del grupo al que pertenezcan.

Algunos optan por mantener en secreto sus opiniones políticas para no ser encasillados como pertenecientes a uno u otro grupo y puestos en el punto de mira por ello; otros, exhiben su bandera ante las narices de los demás sin ningún temor a las nauseas que puedan provocar, respaldados por la seguridad que les da pertenecer a un grupo que predica la irreverencia al orden establecido y la falta de respeto hacia los no afines como seña de identidad.

Al final, como podéis ver, la confrontación es una estrategia muy potente para fidelizar y cohesionar al grupo haciendo que los seguidores defiendan a su líder cada día con más entusiasmo.

El odio al enemigo une, crea compromisos ante la necesidad de combatirlo y moviliza. Si luego se mantiene satisfechos a los socios dándoles a cambio lo que no es suyo, con un claro perjuicio del interés público, pueden tener asegurado el ejercicio del poder durante mucho mucho tiempo y, todo ello, en una democracia liberal, aunque no tenga nada ni de democracia ni de liberal.

Superar las democracias liberales en interés público

De nuevo voy al político español al que me refería al inicio del artículo y de cuyo nombre no quiero dar señas por no herir susceptibilidades: «…Este sistema político —se refería a las democracias liberales—, ha dado ya todo que podía de sí. Y […] ha acumulado numerosos fracasos cuando se trató por los Gobiernos liberales de resolver los problemas nacionales esenciales…».

Lo importante no es quién lo dijo, sino el contenido del mensaje. Digamos que fue un librepensador, será más fácil.

Fijaos que esto mismo lo pude decir cualquiera; es más, mensajes similares los podéis encontrar en mis artículos previos sobre lo qué es democracia, estado de derecho u otros que podéis encontrar en este mismo blog.

El resultado es evidente: los grandes problemas nacionales permanecen aparcados en el baúl del olvido sine die, con el grave perjuicio que esto conlleva para el interés público; mientras, la sociedad camina con paso firme hacia el precipicio de la incertidumbre, la pobreza y el caos.

Compártelo, sería todo un detalle por tu parte.

Amador Moya

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