Poder y Corrupción de la sociedad

La corrupción vive del poder y entorno al poder; eso le asegura la impunidad. Es la sociedad la corrupta, el ser H ya padece la enfermedad cuando llega al poder.

El Ojo Crítico de Amador Moya

A. Moya

«La masa en rebeldía ha perdido toda capacidad de religión y de conocimiento. No puede tener dentro más que política, una política exorcizada, frenética, fuera de sí, puesto que pretende suplantar al conocimiento, a la religión, a la sagessee —en fin, a las únicas cosas que por su sustancia son aptas para ocupar el centro de la mente humana—. La política vacía al hombre de soledad e intimidad, y por eso es la predicación del politicismo integral una de las técnicas que se usan para socializarlo». (Ortega y G.)

«La política se apresura a apagar las luces para que todos los gatos resulten pardos». (Ortega y G.)

La enfermedad política y social

El poder y la corrupción son una pareja muy especial, una pareja política y social.

El primer círculo de poder es político. El segundo es judicial y policial. El tercero es económico y de medios de comunicación. El cuarto círculo, el más grande, es la propia sociedad.

La corrupción vive del poder y entorno al poder; eso le asegura la impunidad, pero es la sociedad la corrupta, el ser H ya padece la enfermedad cuando llega al poder. El corrupto no es un ser aislado, necesita del corruptor para sobrevivir.

La corrupción es como un virus que lleva inoculado y que se manifiesta en el momento en que adquiere esa capacidad de decisión y mando. El virus es el de la ambición mezclado con el egoísmo. El ser H es egoísta por naturaleza.

Te preguntarás: «Pero ¿no hay gente vacunada?» La hay, pero poca; y no suele llegar arriba porque para llegar ahí se precisa de una carrera solo apta para lobos, lobos hambrientos, y el vacunado no es un lobo.

La corrupción es un delito y así debe ser tratado

La corrupción está de actualidad. En realidad, siempre ha estado de actualidad. Es tan antigua como la propia política. La corrupción es la mafia. Sí, la mafia que reinó entorno a una ley a la que se conoció como Ley Seca.

La corrupción es una forma de delincuencia; quizá la peor, la más repugnante, la más execrable, porque se lleva a cabo desde las instituciones encargadas de perseguir el delito, por ese motivo es corrupción (la propia palabra lo indica): quien te tiene que defender se corrompe y, en vez de hacerlo, te ataca.

De acuerdo, lo admito, es la forma más alta de traición; pero no es suficiente con lamentarnos. Hay que perseguir el delito como tal, como si de un asesinato se tratara: corruptor, corrupto, instituciones pasivas, decomisos…; todos en el banquillo con independencia de la posición social o el poder que atesoren, ¡todos!

Sobre este tipo de delitos existe una visión hipócrita por parte de la sociedad. Se condena que el corrupto se haga rico cuando quien lo critica también quiere enriquecerse. Todos queremos vivir sin trabajar, la prueba evidente es que jugamos a la lotería.

Ojo con los que se rasgan las vestiduras hablando de este tipo de delitos porque si mañana les das una alcaldía de una pequeña ciudad, son los primeros en ponerse las botas.

 

La cortina de humo, el poder y la corrupción

El mal no está en hacerse rico, sino en el daño que se causa a las instituciones y al estado de derecho que, manejado por estos seres sin escrúpulos, trata de tapar en vez de perseguir y condenar.

Ahí es donde está la verdadera corrupción social: en tapar, en no perseguir, en justificar el delito cuando lo cometen los amigos y tratar de hacer ver que quienes lo cometieron fueron los enemigos.

No os dejéis engañar por la cortina de humo. Ese falso e hipócrita comportamiento social es la verdadera corrupción. Esa falta de objetividad implica la perversidad del espíritu del ser H y asegura la perpetuidad de la corrupción agravando la enfermedad social, que se convierte en crónica.

La política lo ocupa todo. La política controla todas las  instituciones del estado. Ya dijo Ortega que esto nos llevaba a la barbarie y hemos recorrido el camino: ya estamos en la barbarie anunciada.

 

El juez independiente y Montesquieu

«Dame un juez independiente y el mundo estará salvado» (J. Gómez de Liaño).

A mi memoria viene aquella cita del Cantar del mio Cid: «Dios, qué buen vasallo fuera si “oviesse” buen señor». En este caso, quizá debiéramos entender: «qué buen juez si no hubiera tanto corrupto», o mejor: «demasiado juez para tan poco estado de derecho».

Los políticos ponen y quitan a los jueces, los premian haciéndolos ministros, dándoles cargos y presidencias de tribunales; los políticos ponen y quitan a los altos cargos policiales y militares dando cobijo a los amigos. Los políticos indultan a los delincuentes y amigos a capricho.

Un juez o un fiscal se destaca un día por su contundencia y entusiasmo en la persecución del delito y al día siguiente se ha despojado de su camiseta de imparcialidad y se ha puesto otra de la parcialidad más absoluta defendiendo las tesis políticas de un determinado bando.

No hay rubor, no hay vergüenza alguna. Con la misma despreocupación, otro día, vuelve a ponerse la toga y pretende que el ciudadano, que tiene la mala suerte de caer en sus manos, se crea que volverá a ser imparcial y justo.

Un político que presumía de demócrata, dijo: «Montesquieu ha muerto», y todos rieron la gracia. Montesquieu, amigos míos, el inventor de la separación de poderes y con ello del Estado de Derecho. Nunca he visto mayor cinismo en un supuesto defensor de ese estado ni mayor perversión en una sociedad que cada día admite esa muerte sin pestañear.

Porque, ¿si hemos enterrado a Montesquieu, qué es lo que nos rodea más que un puro espejismo, un engaño?

 

El político quiere ser Dios

Si miras detrás del humo, comprobarás que todos buscan lo mismo: ascender en la escala social, cobrar más, mandar más, figurar más, ser importantes y tener a su alrededor muchos «criados». ¡Todos!, absolutamente todos quieren dinero, poder y no trabajar.

Esto se consigue con la política, a través de un reparto «inteligente» del presupuesto público. El presupuesto da al político el poder, la impunidad y la inmortalidad: ahora, el político es lo más cercano a Dios.

No te escandalices. Siempre ha sido así: el Faraón era un dios y los reyes gobernaron por mandato divino. Estos políticos que tenemos, corruptos, soberbios, prepotentes, absolutos; son nuestros dioses.

Esta es la razón por la que se esfuerzan de forma insistente en erradicar la religión de nuestras vidas, porque es su única competencia hacia la inmortalidad: Dios no es Dios; el líder es Dios y debemos creer en él.

Los sistemas políticos de corte ideológico son siempre competidores directos de la religión y le disputan a ésta la parte subjetiva del ser humano. Se basan en la emotividad, en la subjetividad, en la irracionalidad. Se basan en la fe.

Te piden y te exigen que creas en ellos, que tengas fe: si el jamón que te prometieron por navidades no llega, «no te preocupes que llegará, créeme», te dirán; y si ya se retrasa tanto que las navidades se pasan y el estómago sigue vacío, siempre queda el recurso al enemigo exterior: «nos sabotearon», será la respuesta definitiva. La fe mueve montañas; y muy grandes, por lo que se ve.

Su fuerza se basa en el grupo, en el número, en la cantidad: ese es su poder. Su funcionamiento es igual que el de cualquier grupo religioso; por ese motivo, los combaten.

Con el poder en su mano, no pueden permitir que otras fuerzas espirituales ocupen su mismo espacio vital.

Para estas religiones políticas, Dios no existe. Dios es, siempre, el líder de su propio grupo.

Amador Moya

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