Carta abierta a mi profesora de márquetin hablando del lector objetivo
La carta es un género literario muy utilizado.

Querida Sara:

Emulando a mi admirado Mario, voy a utilizarte como disculpa para escribir esta carta que dedico a mi público objetivo.

Al contrario que Mario, que aprovechó este formato para escribir todo un peculiar manual dirigido a un supuesto joven novelista, yo seré mucho más modesto y procuraré que no se me vaya de las manos.

Ya sabes que esta parte del curso, dedicada al «dichoso» público objetivo, nunca la he podido superar y, sinceramente, no creo que pueda hacerlo. 

Me dirás: «Pobre… No seas pesimista. Debes intentarlo. Yo te ayudaré».

Gracias, Sara. Sé que no es culpa tuya, pero eso de pensar que escribo para una sola persona no lo puedo digerir. 

Yo soy un escritor y mi único objetivo en la vida es conseguir que me lean. Sueño a diario con que me leen millones de personas; es más, sueño con que esos millones de lectores mueren por leerme.

¿Es esto malo, Sara? ¿Acaso piensas que soy un iluso o, lo que es peor, un vanidoso, un pretencioso, un…? Si fuera así, dímelo por favor. Abreme los ojos. Tú eres mi profesora, mi guía.

Y si no es así, si no es malo, ¿por qué me pides que escriba para un solo lector?

En espera de tu respuesta (la cual ya conozco), te diré que se me ha ocurrido una idea: si tengo que escribir para una sola persona, escribiré para mí. ¡Yo seré mi lector, mi público objetivo!

Verás, resulta que, cuando me leo, me encanta cómo escribo, y como no puedo vivir sin escribir, mientras encuentro esos millones de lectores, escribiré para mí mismo. 

¿Qué te parece la idea?, ¿te gusta? A mí me apasiona, lo confieso.

Tú dirás: «si escribe para él y él es un hombre, al menos tiene claro que va a escribir para los seres humanos de género masculino. ¡Algo hemos avanzado!»

Te equivocas. Cierto es que soy uno de esos seres H., pero cuando escribo y, sobre todo cuando me leo, me convierto en un ser asexual.

Es muy probable que sea debido a que, en mi ingenuidad, piense que antes de existir el género existió el ser H., y que éste es el único ser que habita dentro de todos nosotros: la base. El ser H. fue anterior a todos los sexos y colores.

Él hace que todos nosotros seamos únicos. Sí, amiga mía, todos, absolutamente todos, lo llevamos dentro.

¿Debo, entonces, renunciar a la mitad de mis lectores por un supuesto enfrentamiento de género que ahora se ha puesto de moda? ¿Es eso conveniente y deseable para vender más libros? ¿Siendo yo blanco, se sentirán los negros identificados con lo que escribo? ¿Tendría previsto Cervantes que lo fueran a leer los chinos?…

Si tengo que hacer esa renuncia en beneficio de mi público objetivo, ¿a quién escojo?, ¿a los hombre o a las mujeres? ¿Me leerán más lo hombres, siendo yo un hombre o lo harán más las mujeres, siendo yo un hombre? Es una elección complicada, ¿no crees?

Antes de que me respondas, te aclaro que yo no estoy enfrentado con nadie, al menos no lo pretendo ni lo deseo, pero he decidido llamar a las cosas por su nombre. Si voy a dedicarme a escribir, es mejor que todo el mundo me entienda. Si no lo hacen las generaciones actuales, puede que lo hagan las venideras.

Tengo claro que si consigo que la gente me entienda, que mi escritura sea fluida, fácil, clara y, además, con contenido; en ese caso y solo en ese caso, empezaré a tener lectores reales, y mi público objetivo dejará de perseguirme y se mostrará claramente ante mis ojos. Mientras tanto, seguiré mirándome en el espejo.

A. Moya