¿Quién es el delincuente?

El delincuente es un individuo que, en un momento determinado toma la decisión de actuar al margen de la ley. Tú o yo podemos vernos abocados a convertirnos en delincuentes si se dan las circunstancias.

Amador Moya, un librepensador

“Supongo que es tentador tratar todo como si fuera un clavo, si la única herramienta que tienes es un martillo.” (Abraham Maslow)

“Cada día sabemos más y entendemos menos”. (Albert Einstein)

El delincuente contra la Ley

El ser H no puede vivir si no es en sociedad. Esta obviedad trae consigo otras que no viene mal recordar ahora.

Para vivir en sociedad y que nos respetemos los unos a los otros, existen las normas, sin ellas no podríamos hacerlo.

Las leyes no servirían de nada si no hubiera una forma de asegurar que se cumplen; para eso existen instituciones públicas y privadas: policial, judicatura, abogacía…

Por múltiples razones, una mente criminal se ha empeñado en transgredir las normas sociales de convivencia para vivir al margen de ellas.

Esta decisión desencadena unos mecanismos de autodefensa social impulsados principalmente por las instituciones que se encuentren afectadas.

La decisión del delincuente pone en marcha a ciudadanos, detectives, policías, abogados, procuradores, jueces, fiscales, psicólogos, forenses, administrativos… y escritores, por supuesto.

Todos tratarán de desentrañar las preguntas que surgen de sus acciones: qué, cómo, dónde, cuándo…

Pero tenemos que tener muy claro que es la existencia de la ley la que trae consigo, inevitablemente, la presencia del delito. La Ley traza una sutil línea dejando a uno de sus lados el mundo de la luz y al otro el de las sombras. Tú eliges.

El delincuente y el ojo del escritor

Vaya por delante que en este artículo no pretendo dar una clase magistral sobre criminología ni sobre el funcionamiento de la mente criminal. 

Como ya os dije anteriormente. La decisión del delincuente de delinquir pone en escena a unos cuantos actores. 

Tratar de ponerme en la piel de cada uno de esos actores a la hora de desempeñar su papel es mi objetivo; así, iré contándote como lo veo yo desde mi punto de vista de escritor.

De este modo, parto sobre la base de que no hay dos delincuentes iguales, lo mismo que tampoco hay dos abogados iguales. El motivo es muy sencillo: no existen dos seres H iguales.

Soy perfectamente conocedor de la existencia de múltiples clasificaciones de delincuentes como las puede haber de escritores, por ejemplo; y que, dependiendo del criterio utilizado, lo colocaríamos en una u otra diferente.

Esto ocurre porque el delincuente, aparentemente, es como el restos de seres H., solo que él se ha colocado al otro lado de la línea divisoria que marca la ley.

Supongo que será por este motivo por el que resulta siempre tan complicado dar con él; claro que para eso está el investigador; no obstante, nunca pierdas de vista que mi enfoque es el de un humilde escritor de novela negra.

La novela negra y el delincuente

El delincuente es una pieza imprescindible en la novela negra. Normalmente desempeñará el papel del antagonista: el malo que nos mostrará un submundo oscuro y real que vive al margen de la ley y que, a veces, coexiste con ella en total complicidad como un componente necesario de la misma. Por supuesto que no siempre es así, porque el delincuente también puede erigirse en el verdadero protagonista o en el bueno. Hablamos de personajes, no lo olvides. Te mostraré dos ejemplos.

El impulsivo.

Se trata de un tipo de delincuente muy común. Es probable que sea el más común y numeroso de todos.

Como el propio nombre indica, en una novela de investigación criminal, este personaje actúa impulsado por la necesidad del momento.

Evidentemente no ha entrado a valorar las consecuencias de su acción. No ha tenido tiempo ni el hábito de hacerlo.

Él siempre actúa así: lo quiero y lo quiero ya. Si algo le estorba en su camino lo aparta o lo elimina, según sea más fácil.

Se mueve con la seguridad que le da la fuerza, nunca la inteligencia; él no la necesita.

El organizador.

Es todo lo contrario al impulsivo.

Este delincuente no actúa nunca sin un plan preestablecido que le garantice, en la medida de lo posible, salir indemne de la comisión del delito.

Pasa horas planificando, valorando las distintas opciones que tiene: horarios, turnos, visitas, etc.

Su capacidad de improvisación suele ser escasa, por eso, cuando surge un contratiempo y el plan previsto se va al traste, tendrá dificultades para salir bien de la situación.

Es menos habitual que el impulsivo y muy propenso a actuar solo. Cuando lo hace en grupo, tiende a ser el organizado, el líder del grupo.

Verás que esta clasificación no solo es aplicable al delincuente

Cualquiera puede ser el delincuente si se dan las circunstancias.

Emociones del delincuente

El mundo de las emociones es enteramente subjetivo y se encuentran íntimamente relacionadas con la personalidad de cada uno de estos delincuentes; así, siguiendo los dos ejemplos anteriores, el impulsivo, antes del delito se moverá guiado por la rabia, la venganza, el hambre y otras emociones de tipo visceral y primitivo; o por ninguna, si ha cometido el delito de forma accidental.

Después del delito, básicamente dos emociones: la euforia o el arrepentimiento. Es en ese momento posterior en el que pensará en ponerse a salvo para que no lo atrapen.

Por su parte, el organizador, en su tarea planificadora se tiene por una persona diferente, un delincuente especial, inteligente, capaz de burlar el orden establecido; es más, desprecia al investigador por considerarlo inferior y establece con él una especie de competición intelectiva del tipo: “a mí no me pillas tú…”, seguido por un calificativo despectivo.

Este delincuente tiene muchas posibilidades de salir airoso sin ser descubierto, pero la suficiencia y prepotencia lo llevarán a la seguridad de que se encuentra fuera del alcance del pobre y triste investigador, por lo que repetirá hasta caer.

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